Seguimos analizando la Encíclica.
GRUPO 1
Algunos rechazan con fuerza la idea de un Creador, relegando la riqueza que las religiones pueden ofrecer para una ecología integral y para un desarrollo pleno de la humanidad.
Los creyentes deberíamos reconocer mejor los compromisos ecológicos que brotan de nuestras convicciones.
LA SABIDURÍA DE LOS RELATOS BÍBLICOS
En el libro del Génesis, el plan de Dios incluye la creación de la humanidad. Luego de la creación del ser humano “Dios vio todo lo que había hecho y era muy bueno” (Gn. 1,26).
Esto nos muestra la inmensa dignidad de cada persona humana. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario.
Estas narraciones sugieren que la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra. Estas tres relaciones vitales se han roto. Esta ruptura es el pecado. La armonía entre el Creador, la humanidad y todo lo creado fue destruida por haber pretendido ocupar el lugar de Dios.
Hoy el pecado se manifiesta con toda su fuerza de destrucción en las guerras, las diversas formas de violencia y maltrato, el abandono de los más frágiles, los ataques a la naturaleza. No somos Dios. La tierra nos precede y nos ha sido dada.
Del hecho de ser creados a imagen de Dios y del mandato de dominar la tierra, no debemos deducir un dominio absoluto sobre las demás criaturas. Los textos bíblicos nos invitan a “labrar y cuidar” el jardín del mundo (Gn. 2,15). “Labrar” significa cultivar, arar o trabajar; “cuidar” significa proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar. Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza. “La tierra es del Señor” (Sal. 24, 1), a él pertenece “la tierra y cuanto hay en ella” (Dt. 10,14).
Esta responsabilidad ante una tierra que es de Dios implica que el ser humano respete las leyes de la naturaleza y los delicados equilibrios ente los seres de este mundo (Ex. 23,12). La Biblia no da lugar a un antropocentrismo despótico que se desentienda de las demás criaturas. Estamos llamados a reconocer que los demás seres vivos tienen un valor propio ante Dios, a respetar lo creado con sus leyes internas.
Cuando estas relaciones son descuidadas, cuando la justicia ya no habita en la tierra, la Biblia nos dice que toda la vida está en peligro. Esto nos enseña la narración sobre Noé (Gn. 6,13). En estos relatos tan antiguos está contenida una convicción actual: que todo está relacionado, y que el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás.
La tradición bíblica establece claramente que una rehabilitación implica el redescubrimiento y el respeto de los ritmos inscriptos en la naturaleza por la mano del Creador. Toda sana espiritualidad implica acoger el amor divino y adorar con confianza al Señor por su infinito poder. En la Biblia, el Dios que libera y salva es el mismo que creó el universo.
GRUPO 2
Algunos rechazan con fuerza la idea de un Creador, relegando la riqueza que las religiones pueden ofrecer para una ecología integral y para un desarrollo pleno de la humanidad.
Los creyentes deberíamos reconocer mejor los compromisos ecológicos que brotan de nuestras convicciones.
EL MISTERIO DEL UNIVERSO
En la tradición judío-cristiana, decir “creación” es más que decir naturaleza, porque tiene que ver con un proyecto del amor de Dios donde cada criatura tiene un valor y un significado. La naturaleza suele entenderse como un sistema que se analiza, comprende y gestiona, pero la creación sólo puede ser entendida como un don que surge de la mano abierta del Padre de todos, como una realidad iluminada por el amor que nos convoca a una comunión universal.
“Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos” (Sal. 33,6). El mundo procede de una decisión, no del caos o la casualidad. El amor de Dios es el móvil fundamental de todo lo creado. Si reconocemos el valor y la fragilidad de la naturaleza, y al mismo tiempo las capacidades que el Creador nos otorgó, esto nos permite terminar hoy con el mito moderno del progreso material sin límites.
La acción de la Iglesia no sólo intenta recordar el deber de cuidar la naturaleza, sino que al mismo tiempo “debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo”.
Cada uno de nosotros tiene en sí una identidad personal, capaz de entrar en diálogo con los demás y con el mismo Dios. A partir de los relatos bíblicos, consideramos al ser humano como sujeto que nunca puede ser reducido a la categoría de objeto. Sería equivocado pensar que los demás seres vivos deban ser consideramos como meros objetos sometidos a la arbitraria dominación humana. Esto tiene serias consecuencias en la sociedad.
La visión que consolida la arbitrariedad del más fuerte propicia inmensas desigualdades, injusticias y violencia. Jesús expresaba lo siguiente con respecto a los poderes de su época: “Ustedes saben que los jefes de las naciones dominan sobre ellas y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes.” (Mt. 20,25-26).
El fin último de las demás criaturas no somos nosotros. Todas avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común, que es Dios.
GRUPO 3
Algunos rechazan con fuerza la idea de un Creador, relegando la riqueza que las religiones pueden ofrecer para una ecología integral y para un desarrollo pleno de la humanidad.
Los creyentes deberíamos reconocer mejor los compromisos ecológicos que brotan de nuestras convicciones.
EL MENSAJE DE CADA CRIATURA EN LA ARMONÍA DE TODO LO CREADO
El ser humano es imagen de Dios, eso no debería llevarnos a olvidar que cada criatura tiene una función y ninguna es superflua. La naturaleza es una continua revelación de lo divino. Esta contemplación de lo creado nos permite descubrir a través de cada cosa alguna enseñanza que Dios nos quiere transmitir, porque “para el creyente contemplar lo creado es también escuchar un mensaje, oír una voz paradójica y silenciosa”
Santo Tomás de Aquino remarcaba que la multiplicidad y la variedad provienen “de la intención del primer agente”, que quiso que “lo que falta a cada cosa para representar a la bondad divina fuera suplido por las otras”.
Se entiende mejor la importancia y el sentido de cualquier criatura si se la contempla en el conjunto del proyecto de Dios. Las innumerables diversidades y desigualdades significan que ninguna criatura se basta a sí misma, que no existen sino en dependencia unas de otras, para complementarse y servirse mutuamente.
Toda la naturaleza manifiesta a Dios, es lugar de su presencia. En cada criatura habita su Espíritu. El descubrimiento de esta presencia estimula en nosotros el desarrollo de las “virtudes ecológicas”.
UNA COMUNIÓN UNIVERSAL
Siendo creados por el mismo Padre, todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal. Esto no significa igualar a todos los seres vivos y quitarle al ser humano ese valor peculiar que implica al mismo tiempo una tremenda responsabilidad.
Debe preocuparnos que otros seres vivos no sean tratados irresponsablemente. Especialmente deberían exasperarnos las enormes inequidades que existen entre nosotros. Seguimos admitiendo en la práctica que unos se sientan más humanos que otros, como si hubieran nacido con mayores derechos.
Todo está conectado. Se requiere una preocupación por el ambiente unida al amor sincero hacia los seres humanos y a un constante compromiso ante los problemas de la sociedad. Cuando el corazón está auténticamente abierto a una comunión universal, nada ni nadie está excluido de esa fraternidad.
Todo ensañamiento con cualquier criatura “es contrario a la dignidad humana”. “Paz, justicia y conservación de la creación son tres temas absolutamente ligados, que no podrán apartarse para ser tratados individualmente so pena de caer nuevamente en el reduccionismo”.
GRUPO 4
Algunos rechazan con fuerza la idea de un Creador, relegando la riqueza que las religiones pueden ofrecer para una ecología integral y para un desarrollo pleno de la humanidad.
Los creyentes deberíamos reconocer mejor los compromisos ecológicos que brotan de nuestras convicciones.
Algunos rechazan con fuerza la idea de un Creador, relegando la riqueza que las religiones pueden ofrecer para una ecología integral y para un desarrollo pleno de la humanidad.
Los creyentes deberíamos reconocer mejor los compromisos ecológicos que brotan de nuestras convicciones.
Hoy creyentes y no creyentes estamos de acuerdo en que la tierra es esencialmente una herencia común. Para los creyentes, esto se convierte en una cuestión de fidelidad al Creador, todo planteo ecológico debe incorporar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los más postergados.
San Juan Pablo II recordó: “Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno”. “No sería verdaderamente digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara y promoviera los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las naciones y de los pueblos”.
El rico y el pobre tienen igual dignidad, porque “a los dos los hizo el mismo Señor” (Pr. 22,2). Esto tiene consecuencias prácticas: “Todo campesino tiene derecho natural a poseer un lote racional de tierra donde pueda establecer su hogar, trabajar para la subsistencia de su familia y tener seguridad existencial. Este derecho debe estar garantizado para que su ejercicio no sea ilusorio sino real. Lo cual significa que, además del título de propiedad, el campesino debe contar con medios de educación técnica, créditos, seguros y comercialización” (Conferencia Episcopal Paraguaya).
El medio ambiente es un bien colectivo, patrimonio de toda la humanidad y responsabilidad de todos. Quien se apropia de algo es sólo para administrarlo en bien de todos.
LA MIRADA DE JESÚS.
En los diálogos con sus discípulos, Jesús los invitaba a reconocer la relación paterna que Dios tiene con todas las criaturas y les recordaba cómo cada una de ellas es importante a sus ojos. (Lc. 12,6; Mt. 6,26). Invitaba a reconocer en las cosas un mensaje divino (Jn. 4,35; Mt. 13,31-32).
Jesús vivía en armonía plena con la creación, y los demás se asombraban: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mt. 8,27).
Para la comprensión cristiana de la realidad, el destino de toda la creación pasa por el misterio de Cristo, que está presente desde el origen de todas las cosas: “Todo fue creado por él y para él” (Col. 1,16). El prólogo del Evangelio de Juan (1,1-18) muestra la actividad creadora de Cristo como Palabra divina (Logos). Este prólogo sorprende por su afirmación de que esta Palabra “se hizo carne” (Jn. 1,14).
CONCLUSIÓN
- El mundo cristiano es mundo creado, Dios crea al mundo por AMOR. El universo es una expresión de Dios que revela su presencia. Todas las criaturas son signos que nos hablan de Él.
- Todas las criaturas reflejan a Dios, se asemejan a Él; además se hallan unidas entre sí por un mismo origen (Dios).
- Todo ha sido creado para el hombre, todo se orienta hacia el hombre. Sin embargo crecimos pensando que somos propietarios y dominadores del mundo sin darnos cuenta que un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios.
- Todos podemos colaborar como instrumentos de Dios para el cuidado de la creación; cada uno desde su cultura, su experiencia, sus iniciativas y sus capacidades.
- Como creyentes tenemos la obligación de reconocer mejor los compromisos ecológicos.
- La Biblia nos enseña la inmensa dignidad que tenemos como persona, que somos amados, queridos y necesarios.
- No somos Dios. Todo lo que existe nos fue dado y tenemos la responsabilidad de respetar las leyes de la naturaleza y el equilibrio que existe entre los seres de este mundo.
- La creación es mucho más que decir naturaleza, es un regalo del Padre.
- La visión del dominio del más fuerte sólo genera desigualdades, injusticia y violencia. Entre nosotros, los cristianos, el que quiera ser el más grande debe hacerse servidor.
- Cada criatura depende de las otras para complementarse y servirse mutuamente. Y en cada una habita el Espíritu por lo que todos los seres estamos conectados y formamos una familia universal.
- Cuando el corazón está abierto a esta comunión universal, nada ni nadie queda excluido de esa fraternidad.
- Todo ensañamiento, con cualquier criatura es contrario a la dignidad humana. El medio ambiente es un bien colectivo, patrimonio de la humanidad y responsabilidad de todos.

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