sábado, 13 de agosto de 2016

EL EVANGELIO DE LA CREACIÓN (Laudato si’)

LAUDATO SI'
Resumen de la Encíclica con el que se trabajó en grupos y luego se hizo una puesta en común.

  • En el campo de la política y del pensamiento, algunos rechazan con fuerza la idea de un Creador, relegando la riqueza que las religiones pueden ofrecer para una ecología integral y para un desarrollo pleno de la humanidad.

  • LA LUZ QUE OFRECE LA FE
    • Las convicciones de la fe ofrecen a los cristianos grandes convicciones para el cuidado de la naturaleza y de los hermanos más frágiles.
    • El sólo hecho de ser humanos mueve a las personas a cuidar el ambiente del cual forman parte.
    • Los creyentes deberíamos reconocer mejor los compromisos ecológicos que brotan de nuestras convicciones.


  • LA SABIDURÍA DE LOS RELATOS BÍBLICOS
    • En la primera narración de la obra creadora en el libro del Génesis, el plan de Dios incluye la creación de la humanidad. Luego de la creación del ser humano, se dice que “Dios vio todo lo que había hecho y era muy bueno (Gn. 1,26).
    • Esto nos muestra la inmensa dignidad de cada persona humana. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario.
    • Los relatos de la creación en el libro del Génesis contienen, en su lenguaje simbólico y narrativo, profundas enseñanzas sobre a existencia humana y su realidad histórica.
    • Estas narraciones sugieren que la existencia humana se basa en tres relaciones fundamentales estrechamente conectadas: la relación con Dios, con el prójimo y con la tierra. Estas tres relaciones vitales se han roto.
    • Esta ruptura es el pecado. La armonía entre el Creador, la humanidad y todo lo creado fue destruida por haber pretendido ocupar el lugar de Dios.
    • Este hecho desnaturalizó también el mandato de “dominar” la tierra (Gn. 1,28) y de “labrarla y cuidarla” (Gn. 2, 15).
    • Hoy el pecado se manifiesta con toda su fuerza de destrucción en las guerras, las diversas formas de violencia y maltrato, el abandono de los más frágiles, los ataques a la naturaleza.
    • No somos Dios. La tierra nos precede y nos ha sido dada. Se ha dicho que, desde el relato del Génesis que invita a “dominar”  la tierra (Gn. 1,28), se favorecería la explotación salvaje de la naturaleza presentando una imagen del ser humano como dominante y destructivo.
    • Debemos rechazar con fuerza que, del hecho de ser creados a imagen de Dios y del mandato de dominar la tierra, se deduzca un dominio absoluto sobre las demás criaturas.
    • Los textos bíblicos nos invitan a “labrar y cuidar” el jardín del mundo (Gn. 2,15). “Labrar” significa cultivar, arar o trabajar; “cuidar” significa proteger, custodiar, preservar, guardar, vigilar. Esto implica una relación de reciprocidad responsable entre el ser humano y la naturaleza. “La tierra es del Señor” (Sal. 24, 1), a él pertenece “la tierra y cuanto hay en ella” (Dt. 10,14)
    • Esta responsabilidad ante una tierra que es de Dios implica que el ser humano respete las leyes de la naturaleza y los delicados equilibrios ente los seres de este mundo. La legislación bíblica le propone al ser humano varias normas, en relación con los demás seres humanos y en relación con los demás seres vivos. (Ex. 23,12)
    • La Biblia no da lugar a un antropocentrismo despótico que se desentienda de las demás criaturas.
    • A la vez que podemos hacer un uso responsable de las cosas, estamos llamados a reconocer que los demás seres vivos tienen un valor propio ante Dios. Y por su dignidad única, y por estar dotado de inteligencia, el ser humano está llamado a respetar lo creado con sus leyes internas.
    • En la narración sobre Caín y Abel, vemos que los celos condujeron a Caín a cometer la injusticia extrema con su hermano. Esto provocó una ruptura de la relación entre Caín y Dios y entre Caín y la tierra, de la cual fue exiliado. (Gn. 4,9-11)
    • Cuando todas estas relaciones so descuidadas, cuando la justicia ya no habita en la tierra, la Biblia nos dice que toda la vida está en peligro. Esto nos enseña la narración sobre Noé. (Gn. 6,13)
    • En estos relatos tan antiguos, cargados de profundos simbolismos, ya estaba contenida una convicción actual: que todo está relacionado, y que el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás.
    • La tradición bíblica establece claramente que una rehabilitación implica el redescubrimiento y el respeto de los ritmos inscriptos en la naturaleza por la mano del Creador. Esto se demuestra en la ley del Shabbath.
    • Dios ordenó a Israel que cada sétimo día debía celebrarse como un día de descanso (Gn. 2,2-3; Ex. 16,23; 20,10). También se instauró un año sabático para Israel y su tierra, cada siete años (Lv. 25,1-4), durante el cual se daba un completo descanso ala tierra, se cosechaba lo indispensable (Lv. 25, 4-6). Pasados cuarenta y nueve años, se celebraba el Jubileo, año de perdón universal y de “liberación para todos los habitantes” (Lv. 25,10). Esta legislación trató de asegurar el equilibrio y la equidad en las relaciones del ser humano con los demás y con la tierra donde vivía y trabajaba.
    • Los Salmos invitan al ser humano a alabar a Dios (Sal. 136,6; 148,3-5).
    • Toda sana espiritualidad implica acoger el amor divino y adorar con confianza al Señor por su infinito poder. En la Biblia, el Dios que libera y salva es el mismo que creó el universo.

    • EL MISTERIO DEL UNIVERSO
      • En la tradición judío-cristiana, decir “creación” es más que decir naturaleza, porque tiene que ver con un proyecto del amor de Dios donde cada criatura tiene un valor y un significado. La naturaleza suele entenderse como un sistema que se analiza, comprende y gestiona, pero la creación sólo puede ser entendida como un don que surge de la mano abierta del Padre de todos, como una realidad iluminada por el amor que nos convoca a una comunión universal.
      • “Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos” (Sal. 33,6). El mundo procedió de una decisión, no del caos o la casualidad. El universo no surgió como resultado de una omnipotencia arbitraria, de una demostración de fuerza o de un deseo de autoafirmación. El amor de Dios es el móvil fundamental de todo lo creado.
      • El pensamiento judío-cristiano desmitificó la naturaleza. Sin dejar de admirarla ya no le atribuyó un carácter divino. De esa manera se destaca todavía más nuestro compromiso ante ella.
      • Si reconocemos el valor y la fragilidad de la naturaleza, y al mismo tiempo las capacidades que el Creador nos otorgó, esto nos permite terminar hoy con el mito moderno del progreso material sin límites.
      • La libertad humana puede hacer su aporte inteligente hacia una evolución positiva, pero también puede agregar nuevos males.
      • La acción de la Iglesia no sólo intenta recordar el deber de cuidar la naturaleza, sino que al mismo tiempo “debe proteger sobre todo al hombre contra la destrucción de sí mismo”
      • Dios quiere actuar con nosotros y contar con nuestra cooperación. Él, de algún modo, quiso limitarse a sí mismo al crear un mundo necesitado de desarrollo. Él está presente en lo más íntimo de cada cosa sin condicionar la autonomía de su criatura.
      • Cada uno de nosotros tiene en sí una identidad personal, capaz de entrar en diálogo con los demás y con el mismo Dios.
      • A partir de los relatos bíblicos, consideramos al ser humano como sujeto que nunca puede ser reducido a la categoría de objeto.
      • Sería equivocado pensar que los demás seres vivos deban ser consideramos como meros objetos sometidos a la arbitraria dominación humana. Esto tiene serias consecuencias en la sociedad.
      • La visión que consolida la arbitrariedad del más fuerte ha propiciado inmensas desigualdades, injusticias y violencia para la mayoría de la humanidad.
      • Jesús expresaba lo siguiente con respecto a los poderes de su época: “Los poderosos de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Que no sea así entre ustedes, sino que el que quiera ser grande sea el servidor” (Mt. 20,25-26).
      • El fin último de las demás criaturas no somos nosotros. Todas avanzan, junto con nosotros y a través de nosotros, hacia el término común, que es Dios, en una plenitud trascendente donde Cristo resucitado abraza e ilumina todo.

    • EL MENSAJE DE CADA CRIATURA EN LA ARMONÍA DE TODO LO CREADO
      • El ser humano es imagen de Dios, eso no debería llevarnos a olvidar que cada criatura tiene una función y ninguna es superflua.
      • Todo el universo material es un lenguaje del amor de Dios, de su desmesurado cariño hacia nosotros.
      • La naturaleza es un continuo manantial de maravilla y de temor. Ella es, además, una continua revelación de lo divino.
      • Esta contemplación de lo creado nos permite descubrir a través de cada cosa alguna enseñanza que Dios nos quiere transmitir, porque “para el creyente contemplar lo creado es también escuchar un mensaje, oir una voz paradójica y silenciosa”
      • Santo Tomás de Aquino remarcaba que la multiplicidad y la variedad provienen “de la intención del primer agente”, que quiso que “lo que falta a cada cosa para representar a la bondad divina fuera suplido por las otras”
      • Entonces, se entiende mejor la importancia y el sentido de cualquier criatura si se la contempla en el conjunto del proyecto de Dios.
      • Las innumerables diversidades y desigualdades significan que ninguna criatura se basta a sí misma, que no existen sino en dependencia unas de otras, para complementarse y servirse mutuamente.
      • Toda la naturaleza, además de manifestar a Dios, es lugar de su presencia. En cada criatura habita su Espíritu. El descubrimiento de esta presencia estimula en nosotros el desarrollo de las “virtudes ecológicas”.

    • UNA COMUNIÓN UNIVERSAL
      • Siendo creados por el mismo Padre, todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, cariñoso y humilde.
      • Esto no significa igualar a todos los seres vivos y quitarle al ser humano ese valor peculiar que implica al mismo tiempo una tremenda responsabilidad.
      • Especialmente deberían exasperarnos las enormes inequidades que existen entre nosotros, porque seguimos tolerando que unos se consideren más dignos que otros. Seguimos admitiendo en la práctica que unos se sientan más humanos que otros, como si hubieran nacido con mayores derechos.
      • No puede ser real un sentimiento de íntima unión con los demás seres de la naturaleza si al mismo tiempo en el corazón no hay ternura, compasión y preocupación por los seres humanos.
      • Todo está conectado. Se requiere una preocupación por el ambiente unida al amor sincero hacia los seres humanos y a un constante compromiso ante los problemas de la sociedad.
      • Cuando el corazón está auténticamente abierto a una comunión universal, nada ni nadie está excluido de esa fraternidad. También es verdad que la indiferencia o la crueldad ante las demás criaturas de este mundo siempre terminan trasladándose de algún modo al trato que damos a otros seres humanos.
      • Todo ensañamiento con cualquier criatura “es contrario a la dignidad humana”.
      • “Paz, justicia y conservación de la creación son tres temas absolutamente ligados, que no podrán apartarse para ser tratados individualmente so pena de caer nuevamente en el reduccionismo”.

    • DESTINO COMÚN DE LOS BIENES
      • Hoy creyentes y no creyentes estamos de acuerdo en que la tierra es esencialmente una herencia común.
      • Para los creyentes, esto reconvierte en una cuestión de fidelidad al Creador, todo planteo ecológico debe incorporar una perspectiva social que tenga en cuenta los derechos fundamentales de los más postergados. El principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes y, por tanto, al derecho universal a su uso es una “regla de oro” del comportamiento social y el “principio de todo el ordenamiento ético-social”
      • San Juan Pablo II recordó: “Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno”. “No sería verdaderamente digno del hombre un tipo de desarrollo que no respetara y promoviera los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las naciones y de los pueblos”.
      • El rico y el pobre tienen igual dignidad, porque “a los dos los hizo el mismo Señor” (Pr. 22,2). Esto tiene consecuencias prácticas: “Todo campesino tiene derecho natural a poseer un lote racional de tierra donde pueda establecer su hogar, trabajar para la subsistencia de su familia y tener seguridad existencial. Este derecho debe estar garantizado para que su ejercicio no sea ilusorio sino real. Lo cual significa que, además del título de propiedad, el campesino debe contar con medios de educación técnica, créditos, seguros y comercialización” (Conferencia Episcopal Paraguaya).
      • El medio ambiente es un bien colectivo, patrimonio de toda la humanidad y responsabilidad de todos. Quien se apropia de algo es sólo para administrarlo en de todos.

    • LA MIRADA DE JESÚS
      • En los diálogos con sus discípulos, Jesús los invitaba a reconocer la relación paterna que Dios tiene con todas las criaturas, y les recordaba cómo cada una de ellas es importante a sus ojos. (Lc. 12,6; Mt. 6,26)
      • El Señor estaba en contacto permanente con la naturaleza y le prestaba una atención llena de cariño y asombro, e invitaba a sus discípulos a reconocer en las cosas un mensaje divino (Jn. 4,35; Mt. 13,31-32).
      • Jesús vivía en armonía plena con la creación, y los demás se asombraban: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mt. 8,27).
      • Estaba lejos de filosofías que despreciaban el cuerpo, la materia y las cosas de este mundo, dualismos que desfiguraron el Evangelio.
      • Jesús trabajaba con sus manos, tomando contacto cotidiano con la materia creada por Dios. La mayor parte de su vida fue consagrada a esa tarea, en una existencia sencilla que no despertaba admiración alguna (Mc. 6,3). Así santificó el trabajo y le otorgó un peculiar valor para nuestra maduración.
      • Para la comprensión cristiana de la realidad, el destino de toda la creación pasa por el misterio de Cristo, que está presente desde el origen de todas las cosas: “Todo fue creado por él y para él” (Col. 1,16).
      • El prólogo del Evangelio de Juan (1,1-18) muestra la actividad creadora de Cristo como Palabra divina (Logos). Este prólogo sorprende por su |afirmación de esta Palabra “se hizo carne” (Jn. 1,14).

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